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El Poder Transformador de la Oración

La oración es uno de los mayores privilegios que Dios nos ha dado, pero paradójicamente, también es uno de los mayores desafíos en la vida cristiana. Encontrar tiempo, mantener la constancia y orar con fe son batallas diarias. Sin embargo, la oración sigue siendo el arma más poderosa del creyente y el puente que nos conecta directamente con el corazón del Padre.

Jesús enseñó: “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público” (Mateo 6:6). La oración no depende de la elocuencia, sino de la sinceridad. Es un diálogo íntimo donde abrimos el alma ante Aquel que todo lo sabe, y aun así, se complace en escucharnos.

Uno de los mayores ejemplos de oración lo vemos en Getsemaní. Jesús, en la hora más oscura, se postró y clamó: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Esa oración nos muestra que orar no siempre es cambiar la voluntad de Dios, sino rendir la nuestra para abrazar la suya.

El apóstol Pablo también exhorta: “Orad sin cesar” (1 Tesalonicenses 5:17). Esto no significa estar todo el día de rodillas, sino vivir en una actitud constante de dependencia y comunión con Dios. Es hablar con Él en todo momento: en medio del trabajo, en la rutina diaria, en los silencios de la noche o en el bullicio del día.

La oración cambia las cosas, pero sobre todo, nos cambia a nosotros. Trae paz en la tormenta, dirección en la incertidumbre y fortaleza en la debilidad. Cada vez que oramos, estamos declarando con fe que no dependemos de nuestras fuerzas, sino del poder de Dios.

Hoy, el desafío es volver a la oración sincera, perseverante y confiada. Porque cuando la iglesia ora, el cielo se abre, las cadenas caen y la voluntad de Dios se cumple en la tierra.


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