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La confianza que nos sostiene
Hablar de obediencia a Dios no siempre resulta cómodo. La naturaleza humana busca independencia, decidir por sí misma y escoger lo que le parece mejor. Sin embargo, la vida cristiana se fundamenta en un principio inquebrantable: solo hay bendición cuando aprendemos a obedecer al Señor.
La Escritura declara: “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22). Con estas palabras, el profeta confrontó a Saúl, mostrando que la obediencia es más valiosa que cualquier acto religioso externo.
Obedecer no significa perder libertad, sino encontrar el verdadero propósito. Cuando el pueblo de Israel obedecía, prosperaba y vencía a sus enemigos; pero cuando desobedecía, venía ruina y cautiverio. La obediencia es el puente entre la promesa de Dios y su cumplimiento en nuestra vida.
Jesús mismo nos dejó el ejemplo supremo de obediencia: “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Fue su obediencia lo que abrió la puerta de nuestra salvación. Siendo Hijo, no se aferró a su voluntad, sino que se sometió al Padre, mostrando que la obediencia es la mayor expresión de amor.
El desafío para nosotros es claro: obedecer aunque no entendamos. A veces Dios nos pide esperar, perdonar, dar un paso de fe o renunciar a algo que amamos. En esos momentos, la obediencia se convierte en el terreno donde se prueba nuestra confianza.
La recompensa es segura: “Si queréis y oyereis, comeréis el bien de la tierra” (Isaías 1:19). La obediencia abre puertas de bendición, protección y dirección divina.
Hoy más que nunca, el Señor busca hijos que no solo le llamen “Señor”, sino que vivan bajo su voluntad. Porque al final, obedecer no es una carga, sino el camino a la verdadera libertad y plenitud en Cristo